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FÚTBOL CHILENO

“Trapo” Olivera recuerda las finales de la Libertadores 1981 y 1982: “A Cobreloa le faltó temperamento y garra”

El pasado viernes 7 de enero, el cuadro calameño cumplió 45 años. El exdelantero uruguayo, que vistió la camiseta naranja entre 1981 y 1984, vivió la mejor década del club mostrando un gran desempeño. Sus goles dejaron una gran huella en el desierto que no se va a borrar.

Escrito en ENTREVISTAS el

El viernes 7 de enero pasado, Cobreloa cumplió 45 años y uno de los hombres que brilló en el club fue el exdelantero uruguayo Washington Olivera (68). “El Trapo” se inició en el fútbol en Nacional, luego militó en Montevideo Wanderers, Puebla de México, Peñarol, O’Higgins, Cobreloa, Everton, Provincial Osorno y Deportes Iquique.

Sin embargo, sus mejores años fueron en Calama: ganó el Campeonato de Primera División en 1982, fue dos veces subcampeón de América luego de perder las finales de las Copas Libertadores 1981 y 1982, fue uno de los máximos anotadores de los “mineros” en esos años y en 1983 se consagró como goleador del torneo nacional. “Tuve grandes amigos y grandes compañeros en ese equipo”, recuerda.

Además, en 2007, dirigió a la juvenil de Cobreloa. Allí entrenó a jugadores como Eduardo Vargas, Charles Aránguiz y Junior Fernandes.

Pese a la fama e idolatría que ganó en el norte de Chile, hoy está radicado en el sur, en Osorno, lugar donde también tiene su tienda deportiva llamada “Trapo Deportes” que él mismo creó en 1985 y que hoy la administra su hermano. Cuenta que siguió estrictamente la norma sanitaria en medio de la pandemia del Covid-19, tiene las tres vacunas y afortunadamente nadie se contagió en su familia.

Desde la Región de Los Lagos, el exjugador uruguayo accedió a conversar con Duplos.cl para hablar de su carrera, de Cobreloa y de su vida.

-¿Por qué le pusieron “El Trapo”? No es primera vez que oigo ese apodo.

Por el año 1971 o 1972 estaba en Montevideo Wanderers de Uruguay y había un arquero llamado Rubén Román que era medio tartamudo. Y en pleno invierno el club nos había facilitado un buzo para entrenar y que nosotros mismos debíamos lavar. Pero un día lo dejé en el lugar donde entrenábamos, en el Parque Viera. Al otro día llegué tarde porque fui al dentista, me lo puse y el arquero me dijo ‘pareces un trapo sucio’. Yo me piqué y lo mandé a la cresta y  ahí quedé como “Trapo”. Pero mi familia desde siempre me dice “Campeón”.

-¿Su libro está disponible todavía?

Lo vendemos en Trapo Deportes. De hecho hace cinco meses, más o menos, cuando presentaron a Óscar Wirth en Cobreloa estaba mi libro ahí. Mi hijo me mandó algunas fotos. El libro en su momento se expuso en Calama y Uruguay. Quedan algunos ejemplares que con el tiempo se irán a ir vendiendo.

-Tengo entendido que su llegada a O’Higgins en 1980, su primer equipo en Chile, fue casual, usted originalmente iba al América de Cali, ¿no?

Efectivamente. Yo tomé el avión con el empresario uruguayo, el finado Roberto Correa, para ir a Cali e hicimos una escala en Santiago, donde él se tenía que bajar para hacer unos trámites de algunos jugadores. Pero yo le dije “me bajo contigo”. Al final nos bajamos, tomamos un taxi y llegamos al Hotel Gran Palace, que estaba ubicado en Morandé con Huérfanos. Luego él me dijo “trapo, tengo que ir aquí cerquita” y yo le respondí: “Vamos juntos”. La cosa es que fuimos a Rancagua los dos. Cuando llegamos, él fue al club y yo hice la hora caminando por la ciudad. Cuando volví a la sede, vi por la ventana que estaba mostrando mis fotos y currículum. Le dije a un señor que llame a mi compañero. Cuando se acercó a mí, le conté que tenía hambre y que buscáramos un lugar para comer. Él me contestó: “Tranquilo, por aquí cerca está el hotel del vicepresidente del club”. Después comimos, conversamos y luego me ofrecen ser parte del plantel de O’Higgins. Yo le recalqué que tenía los pasajes para ir a Colombia. “Pero eso se arregla, aquí te están ofreciendo plata en la mano y una casa para que vivas con tu familia”, me afirmaron. Luego pregunté cuántas horas hay de aquí a Montevideo y me respondieron “una hora con 50 minutos”. Entonces acepté la oferta.

Me quedé en Rancagua, donde tuve la suerte de meter varios goles y participar ese mismo año en Copa Libertadores.

La conquista del desierto

-Luego se fue Cobreloa…

Después de tomarme unas vacaciones en Uruguay, llegué al Hotel Gran Palace otra vez. Ahí había ofertas de Colo Colo y Universidad de Chile, pero ambos estaban quebrados económicamente. También tuve la oportunidad de jugar en Universidad Católica, sin embargo, la plata que me ofrecían era poca. Luego apareció Cobreloa. El presidente del Club, Sergio Stoppel, me fue a ver a la habitación y me insistió en que lo acompañara a Calama, al mismo tiempo, Roberto Correa me mencionó que estaba todo arreglado. Cuando llegamos a Chuquicamata, estaba la comisión de Cobreloa  y el equipo me compró el pase. Ahí fue lo máximo. Tuve la suerte de ser campeón del Torneo Nacional. También fui máximo anotador del Torneo 1983.

-Usted llegó  a Cobreloa ese mismo año 1981 junto a otro uruguayo, Jorge Luis Siviero…

Sí, él llegó después de mí. Venía de ser goleador en el club Sudamérica, un equipo chico de Uruguay.

-Ese era otro Cobreloa, muy distinto al actual, ¿no?

Sí, por decirte, había un presupuesto anual de 1 millón de dólares. Codelco ponía esa plata. Cobreloa tenía los mejores jugadores de Chile. Compró a Juan Carlos Letelier, Hugo Rubio y Sergio Martínez. Les sobraba el dinero.

-¿A usted le costó acostumbrarse a la altura de Calama?

Sí. En un principio allá no estaba disponible mi casa y a la semana ya estaba podrido. Comía poco y me llenaba. Entrenaba y me fatigaba como loco. Entonces un día hablé con el entrenador, Vicente Cantatore, y le dije, con todo respeto, “no aguanto más, me voy”. No me sentía bien en los entrenamientos, me faltaba el aire y además, pese a firmar contrato, no veía la plata. Él me explicó que debía conversar con el club para que me den los pasajes de vuelta. Cuando llegue a Santiago, unos dirigentes de Cobreloa me dieron un consejo: “Cuando llegues a Uruguay, date una vuelta por el banco ‘tal y tal’”. Les hice caso. Al momento que pisé Montevideo fui al banco y casi me caigo de culo por la vergüenza, porque estaba toda mi plata. El banquero me preguntó si la quería retirar y yo le dije que no, que la dejara así como está. Mi finado padre me agarró y me dijo “¿qué estás haciendo acá?” Yo le contesté diciendo que el ambiente allá es horrible por la sequedad. Se me habían formado costras en la nariz y se me partieron los labios. Al final me devolví porque me obligó. El viejo me hizo un poco la carrera, porque fue jugador profesional y entendía mucho más de fútbol. Llegué a Calama con la cabeza agachada.

-Le costó adaptarse entonces…

Más encima Vicente me dejaba en la banca. Jugaba 10 o 15 minutos y no me gustaba eso. Me pagaban y era suplente. Además, Cobreloa era un equipo muy competitivo. Tenía dos jugadores por puesto. Jugabas mal un partido y perdías la titularidad. Finalmente, me consolidé en el equipo y luego llegaron los triunfos y la gloria.

-¿Cree que el Cobreloa de 1981 y 1982 ha sido valorado?

Es difícil. En la mayoría de los países se valoran a los campeones. A mí, desde chico me enseñaron a ser ganador. Si sales segundo, no eres fantástico. Pero quizás la idiosincrasia del fútbol chileno no lo entendía así. De todas maneras, jugamos dos finales de Copa Libertadores de América y con uno de los mejores equipos de la historia como lo era el Flamengo, que tenía a Zico. La segunda final fue increíble, porque Peñarol venía hecho mierda. En la vuelta íbamos a empatar 0-0 y el tercer partido se iba a definir en el Monumental de River Plate. Lamentablemente, perdimos en los últimos minutos.

-¿Qué errores cometió Cobreloa en esas finales?           

Ninguno. Y menos podemos hablar de errores si la cabeza visible del equipo, Vicente Cantatore, está muerto. Él tiene todo mi respeto. Los partidos fueron bien planificados. En cancha los rivales fueron mejores. En el partido ante Peñarol, unos 15 minutos antes de la anotación de la visita, el gordo Siviero erró un gol, ¿y qué le íbamos a hacer? Fue lamentable. Quizás nos faltó un poco más calidad, temperamento y además esa pequeña suerte que hay que tener.

-¿Qué tan violento eral el fútbol en los años 80?

Hoy no puedes ser violento porque las cámaras te delatan. Antiguamente, el más vivo ganaba. Yo aprendí eso, porque era un método para ganar. Cualquier artimaña servía. Los uruguayos son bravísimos y uno iba aprendiendo las mañas de los capos. A veces tú ibas a saltar para buscar un centro y te metían el dedo en el culo. O sea, mal. Recuerdo en una final entre Independiente y Peñarol, donde el finado José “Pepe” Sasía le tiró tierra en los ojos al arquero rival Miguel Ángel Santoro, quien quedó prácticamente ciego. El “Pepe” contó esa historia en un asado. Hoy día tú haces eso y te mandan tres años a la cárcel.

*La final de la Copa Libertadores entre Cobreloa y Flamengo estuvo marcada por distintos hechos violentos. En el estadio Nacional, donde se jugó el segundo encuentro, Mario Soto golpeó con el codo a una de las estrellas del equipo brasileño, Adilio, en el ojo. “Se le caía el parpado”, recuerda Olivera. Por otra parte, en la tercera final de la Copa, Anselmo, entró a la cancha del Centenario a golpear a Soto, situación que provocó una trifulca en el recinto deportivo*

-Usted nombró la palabra “viveza”. ¿Podríamos decir que a Cobreloa le faltó viveza?

Sí. En la práctica eso sí los brasileños eran mucho mejores. Ellos tenían siete u ocho jugadores que estaban en la selección. Peñarol por su parte venía hecho mierda. Por ejemplo, Fernando Morena venía muy golpeado. Tenía jugadores más o menos, pero a los futbolistas uruguayos no los puedes dar por vencidos nunca, porque te disputan el partido los 90 minutos con sangre y cojos. Creo que nos faltó temperamento y garra, pero de fútbol a fútbol éramos mejores que Peñarol. Recuerdo que cuando empezó el partido de la segunda final, Rubén “Nene” Gómez agarró la pelota y se pasó a todos. Yo lo acompañé por la izquierda y el estadio estaba tan lleno que no me escuchó cuando le estaba pidiendo la pelota.

-¿Qué le parece lo que está viviendo Cobreloa en la actualidad? Bajó a Primera B y no ha vuelto.

Da pena. El gran problema del equipo no es de ahora ni de cuando descendió. Fíjate que yo estuve en el club en 2007, cuando el presidente era Augusto González, para un proyecto de Tercera División. Tuve la fortuna de potenciar a jugadores como Eduardo Vargas, Junior Fernandes y Charles Aránguiz. Saqué 11 jugadores para el primer equipo. Cuando estaba terminado el año, llegó a la presidencia Juan George y me dijo que el proyecto no estaba sirviendo, y prácticamente me estaba echando del club. En esa época comenzó a fallar Cobreloa. Además Codelco se alejó del club y dejaron de tener las contrataciones que realizaban. También hay que entender que Calama es una ciudad difícil, por la bohemia que hay, entonces puede ser que muchos jóvenes se distraigan con eso. Cuando estuve jugando por el equipo, agradecí que fuera un plantel de hombres. De hecho, los más jóvenes, como Claudio Tello y Hugo Rubio, aprendieron de nosotros que entrenábamos dos veces al día. El jugador de fútbol tiene que entender que si una institución lo contrata es para jugar, no para hueviar. Nosotros a veces hacíamos asados en el río Loa, nos tomábamos una buena cerveza, pero al otro día cumplíamos con ir a la práctica y nos sacamos la cresta.

-¿Usted ya sabía que tanto Vargas, Fernandes y Aránguiz la iban a romper?

Por su puesto. A Vargas yo lo ponía de 8, no de puntero. Él era muy hábil, mientras que a Fernandes lo colocaba de 9. La jugada la comenzaba Vargas y el gol lo hacía el  “negro”. A Aránguiz lo tuve dos veces nada más, pero se veía que iba a ser un crack, al igual que Vargas y Junior.

La actualidad de “El Trapo”

-Suena paradójico que usted haya triunfado en el norte y se haya quedado en el sur…

Me gustó la zona. Eso sí tuve que adaptarme, porque llovía 40 días de corrido. Estaba cagado de frío. Pero es hermosa la ciudad de Osorno. A veces voy al río a pescar con mi esposa. Además el mar y la cordillera están cerca. Hay buena fruta y buena carne.

-O sea, se quedó en Chile también porque encontró más estabilidad para vivir

Cuando me vine definitivamente en el año 2000, se veía que iba a venir una gran depresión en el mundo y Uruguay, que es un país pequeño, lo iba a resentir. Y me encontré con este país que es fuerte. Aquí no gana plata el que no trabaja.

-¿Sigue trabajando en la escuela de fútbol?

Sí, en estos momentos tenemos a 53 niños. En el lugar trabajo con mi hermano Jorge. Lamentablemente, estamos dos semanas parados porque parece que a las escuelas de fútbol que cobran, les tenemos que pagar a la Municipalidad. A los mejor esta semana volvemos a entrenar eso sí.

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