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“Lugar”, de María José Navia: cuentos sobre el desarraigo emocional

A fines del año pasado Ediciones de la Lumbre publicó la tercera edición del volumen de cuentos “Lugar”, de la escritora chilena María José Navia, una autora que está, con justo mérito, dando mucho que hablar. El presente libro es una muestra de su talento literario, además de constituir un excelente retrato sobre el desarraigo emocional.

María José Navia (1982) ha despegado en el camino de escritura de ficción en estos años recientes. No me refiero a sus galardones ni currículum (que también los posee), sino porque considero que es una autora que tiene una distintiva voz literaria en la narrativa chilena actual.

Evidentemente, el/la escritor/a se hace y en el caso de María José hay mucho trabajo de formación, además de su talento. Dentro de sus estudios, tiene un Magíster en Humanidades y Pensamiento Social en New York University y un Doctorado en Literatura y Estudios Culturales en Georgetown University. Los años de estudio en Estados Unidos se aprecian en su literatura, así como también, según ha contado la escritora en entrevistas, se comprenden por su asidua lectura de poetas y narradores anglosajones en el idioma nativo. María José Navia se desempeña como docente de Literatura en la Pontificia Universidad Católica de Chile y, según confiesa, ha dedicado gran parte de su vida a los libros. Es una lectora voraz: ha declarado que el súper poder que tiene es la capacidad de leer, al menos, dos libros diarios.

“Lugar” es el tercer libro publicado de María José y el primero, en orden cronológico de publicación, que podemos encontrar con facilidad en Chile. La primera edición es de septiembre de 2017 y sus reediciones han conservado la casa editorial: Ediciones de la Lumbre. Se trata de un volumen de 12 cuentos (tres de ellos incluidos en otros libros de la autora, sin que ello quiebre la temática central de alguno de ellos) cuyo eje semántico es el desarraigo emocional y en el que se puede apreciar la voz literaria definida de la escritora.

Este sello en la enunciación escritural consiste en, a grandes rasgos, emplear la mayoría de las veces la figura de protagonistas mujeres de las narraciones, que suelen compartir la emoción de la soledad, sea por motivos de problemas afectivos en la pareja, incomprensión o dificultades de comunicación, el desarraigo emocional e incluso factores como la distancia geográfica (que siempre se presenta como un síntoma de un mal afectivo mayor). En efecto, María José Navia narra desde hechos más bien cotidianos, pero que revelan una profundidad psicológica de los personajes a través de los recursos narrativos.

El estilo literario de la escritora se caracteriza por dotar de una estructura no lineal a sus cuentos, sino que comienza por detalles importantes de la temática o historia para luego dosificar información. El lector va comprendiendo el argumento a medida que continúan con la lectura, sin significar que se trate de una estructura narrativa complicada. Este orden distinto al lineal en la narración tiene la virtud de avanzar y retroceder en el tiempo cronológico de la historia (o tiempo de lo narrado) y, de esta forma, manejar con éxito las emociones y acentos semánticos de los cuentos.

Otras características de la voz literaria de la autora es el muy bien logrado empleo de detalles simbólicos y figuras literarias presentes en la narrativa. El lenguaje es cotidiano, pero no por ello menos incisivo: los cuentos de María José se caracterizan por ser muy intensos, incluso fuertes, empleando para ello sutileza en la narración. Es, por supuesto, una escritura muy inteligente y con gran oficio. Asimismo, hay un buen uso de las referencias culturales, sean cultas o populares, que enriquecen el sentido general de los cuentos y agregan cierta emoción asociada cuando el lector las conoce.

Entre las temáticas que resultan constantes en la escritora, están presentes en “Lugar” la maternidad frustrada o bien culposa, debido a conflictos emocionales no resueltos de las madres. De esta forma, en “Cera” Pamela descarga toda su rabia por la pérdida reciente de su pequeño hijo ensañándose en la depilación de diferentes mujeres que llegan al centro de estética donde trabaja. Por otra parte, en el cuento “Afuera” Sonia es una babysitter chilena que trabaja para una acaudalada familia en Nueva York, arrastrando la culpa de no poder estar presente en cuerpo y alma en la educación y crianza de su hijo, en Santiago.

Las razones de la distancia geográfica de los afectos, como es usual en la narrativa de esta escritora, no se debe sólo a motivos materiales. Es el caso también del cuento “En caso de emergencia”, donde Sofía intenta evadir conflictos emotivos que arrastra de su vida personal al residir en Washington DC y, además de limitar mucho su contacto vía tecnología con su familia en Santiago, estar en permanente servicio solidario de la comunidad para ser una persona lo más anónima posible, ocupada en los otros y no en sí misma.

La evasión también está presente en “Lugar”, en particular con el cuento “Salir corriendo”, donde cuatro personajes, muy distintos entre sí, comparten el espacio físico de un gimnasio y distintas formas de evadir sus emociones incómodas y dolorosas, en una narración coral. Ese desplazamiento de los significados emotivos, como mecanismo de defensa, también se retrata muy bien en los cuentos que abordan las relaciones de pareja, sea en el caso de una adolescente que tímidamente despierta a su sexualidad en “Shopping” o en una mujer adulta que arrastra un trauma por el fallecimiento de su marido, con una historia de muchos silencios y falta de conexión afectiva, en “Lobos”, donde aparece el tópico de la sexualidad dañada.

Si bien el tema del desarraigo emocional cruza todos los cuentos del libro, como metáfora del desarraigo físico destacan “Aquí”, donde Rebeca es una extranjera que disfruta viviendo en casas ajenas en una ciudad norteamericana, arrendando basements consecutivos mientras dice a su familia en su país natal que cursa un doctorado, y el cuento “Instrucciones para ser feliz”, protagonizado por Sara, una norteamericana que se refugia en la vida anónima en Santiago de Chile para evadir traumas familiares y, motivada por un intento de resolverlos, adopta como abuela vicaria a una anciana con la que tuvo una fugaz conexión en un asilo, pero que no la reconoce pese a sus frecuentes visitas.

Dice el refrán que en este mundo hay lugar para todos. Romper el mito, o reflexionar sobre las grietas que surgen en esta supuesta verdad, es necesario en este mundo contemporáneo, donde abunda la fragilidad en las relaciones afectivas y en el cual la globalización, la tecnología y el aparente barrido de límites entre los países conduce, en definitiva, a profundizar la incomunicación, la soledad y disminuye la empatía entre las personas. Qué mejor que sentirse identificado/a con la lectura de cuentos, tan bien escritos, que versan sobre estas emociones y realidades, a la vez individuales y colectivas.


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