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“Paraderos”, de Felipe Díaz: Poesía sobre las raíces, la memoria y la búsqueda de identidad en construcción inminente

El poemario que marca el debut literario de este joven poeta transita desde sus recuerdos de infancia en los barrios de Recoleta hasta un viaje, tanto físico como existencial, al sur de Chile, marco argumental que sirve como paraguas para desarrollar una serie de temas que interesan al autor.

“Paraderos” (Ediciones PorNos, 2020) es el primer libro de Felipe Díaz Riquelme (1992. Recoleta, Chile). Un autor joven, nacido en democracia, que ha participado en varios talleres y cursos literarios, poemas y cuentos suyos han sido publicados en diversas plataformas.

En este libro, con el que debuta en la literatura chilena, desarrolla una poesía de lenguaje sencillo e imágenes cotidianas, representativas de su hábitat de familia y crianza, así como de un diario de viaje en el que también imprime su búsqueda de identidad, en construcción inminente, sobre la base del contraste de edificarse a partir de los valores de sus ancestros, a los cuales suma la modernidad de una generación muy distinta a la de sus padres.

El presente poemario se divide en dos partes, cada una antecedida de una ilustración del propio Díaz: la primera, con un dibujo de un paradero, sobre el barrio de infancia y juventud, Recoleta, con toda la carga de memoria y simbolismo en sus raíces; la segunda, con una ilustración que grafica una vivienda sencilla al lado de una araucaria, acerca de un viaje de vacaciones al sur de Chile, donde el sujeto poético enuncia los versos a una segunda persona, aparentemente su pareja, en un recorrido geográfico que es a la vez búsqueda y construcción de identidad.

Ya los versos en cursiva del epígrafe de la primera parte anticipan el tenor y temática de los poemas desarrollados a continuación: “Vivir con la elegancia del borracho/ que sin saber cómo/ esquiva los automóviles a medianoche”. Se trata de una poesía sobre las raíces de su barrio de nacimiento, Recoleta, al norte de Santiago, donde conviven recuerdos significativos, que se enuncian a partir de palabras sencillas: Si tú dices verano/ pienso en los grifos de la cuadra/ en una llave de tuerca/ y en un grueso chorro/ que limpia los pecados/ de los que fornican a la luz del día/ teniendo por testigo una ventana abierta.

Son experiencias del día a día las que emplea Díaz para poetizar su raigambre social y familiar, entre el calor, el compartir con los vecinos, con los familiares sentados en el frontis de las viviendas, volantines en el tendido eléctrico o sopas de letras que hace su madre sentada a la sombra del patio, hechos y costumbres sencillas, que hablan de la vida precaria y de la cultura de una generación de chilenos urbanos que se pierde poco a poco con el avance de la modernidad. En un poema, por ejemplo, hace referencia a la medicina casera de “quitar el empacho”. Y en esos mismos versos yuxtapone la cultura social de sus padres con la de su propia generación: “—El panorama aquí es el de un cuento criollo/ que habla de costumbres campesinas/ camufladas por la tecnología—“. Y es claro en diferenciarse: “Durante la noche las cumbias de los viejos/ que usan camisas de diseños chinos y japoneses/ hacen retumbar los ventanales de la casa/ –flaites 2000 post 90’s—“.

Los poemas de Felipe Díaz no se quedan en recuerdos de infancia y juventud, meramente. “Paraderos” también es un poemario de construcción de identidad, por lo que es posible afirmar que posee cierta similitud, guardando las proporciones, con el género de la novela de aprendizaje (o Bildungsroman), al menos en cuanto al desarrollo del sujeto poético si se realiza una analogía libre con los personajes de estos textos narrativos.

Esta estrofa bien ejemplifica poéticamente el tema del paso desencantado de la infancia a la adultez, típico de la Bildungsroman:

Me puse la capucha

y reconocí en tus palabras la melancolía

que usan los mayores para hablarme de su infancia

de las materias que van quedando en el camino.

Mudas de piel colgadas tras la puerta.

Y dentro de este aprendizaje y crecimiento en “Paraderos”, la vocación de creación poética también cumple un rol preponderante en resolver conflictos vitales:

Entonces supe que la poesía

es una animal salvaje

que no ataca

ni se deja domesticar.

En el último poema de la primera parte del libro se enuncia la actitud de exploración, viaje y búsqueda de sentido existencial, tanto en la bohemia, sabiduría y experiencias, que anticipan la otra sección del poemario: “En pocas palabras, conseguiré un trabajo para costearme los vicios. Iré a los antros, a las plazas, siempre con esos amigos que nos recuerdan palabras, documentos y lugares, que perdimos o dimos por perdidos”.

La segunda parte de “Paraderos” consiste en poemas dirigidos a la mujer del sujeto poético, su pareja, a la que se enuncian reflexiones en torno a la vida originaria y silvestre en los parajes de pueblos aislados del sur de Chille, muchos de ellos con habitantes abandonados del progreso y la modernidad, pero que conservan la sabiduría de la vida natural. De esta forma, Díaz compone versos sobre el deseo amoroso, sobre la resistencia a la actitud depredadora humana y en contra del extractivismo, enarbola una poesía política en contra del poder abusivo de las grandes fortunas, reflexiona sobre los cimientos mal fundados de toda civilización que se afianza en la urbe y sobre el sentido más prístino de la existencia según su filosofía e ideales personales, entre otros temas.

“El leve puntillismo de tus muslos/ atrae la atención de los insectos/ que te invaden al sentarte en la maleza./ Sacudes el polvo de mis manos/ revisas mis mejillas, mis pómulos/ mientras el sol roba la frescura de tu espalda”. Esta estrofa es la inicial de uno de los poemas de la segunda sección, que constituye de por sí una poesía sensible y que expresa mediante la cotidianeidad natural el deseo en la relación de pareja.

Sobre la poesía política (asumiendo que toda literatura lo es, pero haciendo énfasis en el contenido más explícito de este tema), destacan versos de Díaz en contra de la oligarquía chilena, tales como: “Personas que practican el incesto/ y que ignoran el oficio del filósofo y del artista:/ la naturaleza hizo de sus vidas una obra cumbre”.

En cuanto al estilo de la poesía de “Paraderos”, puede decirse que el autor trabaja sobre la base de imágenes cotidianas que ordena poéticamente con una ironía inteligente, sutil en su crítica o mensaje más íntimo: “¿Sabrá la vaca que experimenta la tristeza/ cuando vaga por los campos solitarios/ llamando al ternero que fue sacrificado esa mañana/ para la culminación de las fiestas del pueblo?”.

En otras ocasiones, asume la voz de un personaje secundario de la historia subyacente en el poemario para expresar sus reflexiones: “Cuídate de la sociedad/ no es más que un bucle primitivo/ alimentado por costumbres/ que a la larga no representan ninguna certeza o símbolo./ No está mal poblar el tiempo con acciones./ El error es justificar una vida/ en virtud de ganancias conquistadas./ Barro sucio junto al oro del ocio”.

El debut literario de Felipe Díaz Riquelme transita desde recuerdos de infancia, raíces en su natal Recoleta, la vida sencilla y la memoria, la herencia cultural y las diferencias generacionales, a un viaje de aprendizaje donde la naturaleza agreste del sur de Chile asume un protagonismo importante en cuando a la expresión de emociones, en el deseo amoroso y en la búsqueda de identidad, de sentido existencial y al enarbolar los cimientos de una filosofía de vida, una ideología social y política, la construcción de identidad, a fin de cuentas, con claro acento en la creación literaria como pilar de la vocación y sentido a las interrogantes que motivaron esta travesía física e intelectual.


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